UNO
Durante el día Daniel anotaba cifras que no
le pertenecían. Listados de facturas, filas y columnas de amortizaciones
interminables, balances contables, cálculos de intereses, la lógica de un orden
que parecía sostener su mundo. Pero al caer la noche algo se abría en el
silencio, las sombras del escritorio se curvaban, como si esperaran una
revelación.
Escribía sin saber de dónde procedían las palabras. A
veces, tecleando, en mitad de una frase, sentía una respiración sobre su
espalda, un roce casi imperceptible. El reloj del pasillo marcaba horas
inexistentes, y las letras, mientras tanto, se agrupaban dando forma a
personajes que jamás había concebido.
Una noche creyó oír un golpe dentro del espejo. Se acercó
y en lugar de su reflejo vio un resplandor débil, una especie de niebla que parecía
imitarlo. «No escribas más», dijo la voz, pero él continuó. Ahora escribía a
mano y la tinta parecía moverse de forma autónoma por las páginas, como si algo,
desde el otro lado, completara las frases por él.
Al amanecer encontró el cuaderno abierto sobre el
escritorio. En la última página había una sola línea, escrita con su propia letra
y con otra que no era suya:
“He
empezado a soñarte desde aquí.”
DOS
Al día siguiente Daniel no pudo
concentrarse en las cifras, cada número parecía temblar internamente, como si
respirara. En la oficina el aire era espeso, y zumbaba de forma agobiante sin
que nadie más se percatase. Por momentos creía distinguir alguna palabra en ese
sonido asfixiante: su propio nombre, susurrado desde un lugar sin apenas distancia.
Esa noche volvió a escribir, pero las
palabras ya no obedecían. Se movían en el papel como insectos mojados,
componiendo frases que no recordaba haber pensado. Intentó leerlas en voz alta
pero su voz sonó extraña, como si viniera de un pasillo que no estaba en su
casa.
Cuando alzó la vista, vio que el espejo
del escritorio estaba empañado, y en la superficie alguien había trazado una
palabra con un dedo invisible: “Sube.”
TRES
Durante las semanas siguientes Daniel empezó a salir más
de la oficina. Llevaba siempre un libro distinto bajo el brazo, como si cada
uno de ellos fuera un talismán contra su propia vida. Leía en los cafés, en el
metro, en los bancos de las plazas. Decía que estaba preparando un experimento:
vivir como un personaje de literatura, desconocía de qué autor.
A veces, mientras tomaba un café solo en el Le Balto o en
un bar de la Rue du Bac, imaginaba que Vila-Matas estaba en la mesa de al lado,
anotando observaciones sobre él. O que Walser paseaba con su abrigo largo,
murmurando muy cerca frases que se deshacían en el aire. Había empezado a leer Bartleby
y compañía, y se reconocía demasiado en aquella lista de escritores que
habían dejado de escribir. Le fascinaban los perdedores ánonimos que ni
siquiera conocían el fracaso, lo que suponía un fracaso doble por no haberlo si
quiera intentado, “pero al menos no sufrían el drama de la derrota” se decía.
Del mismo modo sentía predilección por poetas secretos y libros prácticamente
desconocidos.
Una tarde
creyó ver su propio nombre en el margen de una página, escrito a lápiz:
“Daniel K.”
Lo leyó varias veces, sin entender. No era su ejemplar, observó
que llevaba otras marcas. El libro lo había tomado prestado de una librería de
viejo, y el dueño, un hombre con barba blanca y acento napolitano, le había
asegurado que ese libro había elegido al fin a su verdadero lector. Cómo
olvidarlo, por un momento dudó de si seguía en París, no solo por el acento de aquel
librero, sino también por el convencimiento con que le contó que en esa misma ciudad
estaba enterrado el poeta Ezra Pound. Al escuchar eso, Daniel, sin saber por
qué, se acordó de Venecia, la ciudad que más le había decepcionado en la vida,
le traía demasiados recuerdos de su exmujer.
Desde entonces empezó a notar que las frases lo perseguían.
Entraban en el vagón del metro con él, se reflejaban en los cristales de los
autobuses, lo miraban desde los escaparates. Una frase en particular se repetía
en los lugares más inesperados:
“Sube, Daniel
K., es más arriba.”
Aparecía en los márgenes de los periódicos, en los tiques
de las cafeterías, en las notas del trabajo. Y cada vez que la veía sentía el
mismo temblor que aquella noche frente al espejo.
CUATRO
La vio una tarde al salir de una librería de viejo en la Rue
Monsieur-le-Prince. El cielo tenía ese tono de papel envejecido que precede a
la lluvia, y Daniel K., cargado con libros que no recordaba haber comprado, se
detuvo al verla cruzar la calle con paso ligero, una bufanda azul deshilachada
al cuello.
Tardó unos segundos en reconocerla, debía ser ella. No,
no era la Maga, y tampoco su exmujer, parecía más bien la profesora de
literatura. Daniel K. recordó que con apenas dieciséis años estudiaba en Barcelona.
Vivían con su tía Nieves, que al enviudar del arquitecto Ricardo Miralles acogió
a toda la familia procedente de Moclinejo. De aquel colegio recuerda a
compañeros como Carlos Barral, obsesionado con ser pintor, el hoy reconocido
poeta Jaime Ferrater, los hermanos Goyo, José Juan y Agustín, y tantos otros. La
mujer que le había prestado La metamorfosis de Kafka cuando él únicamente
soñaba con ser escritor y no contable.
No podía ser ella —hacía más de quince años—, pero el
gesto, la voz, incluso la manera de sostener un libro abierto mientras caminaba
eran idénticos. Entró en el pequeño café Saint-Hubert, y él, sin pensarlo, la
siguió.
La encontró
sentada junto a la ventana, hojeando un cuaderno de tapas negras. Cuando levantó
la vista, sonrió con una calma que lo desarmó.
—Sabía que
ibas a venir —dijo.
Daniel
intentó responder, pero ella continuó con naturalidad, como si hubiesen quedado
allí de antemano.
—Siempre supe
que terminarías escribiendo, aunque escogieras las finanzas. Al final todos
volvemos al punto de partida.
El silencio
se llenó del sonido tenue de la lluvia. Sobre la mesa había un libro delgado,
sin título, con su nombre en la portada:
“El reflejo de
Daniel K.”
Lo tocó con cuidado. La tipografía, la textura, incluso el
diseño de la portada le resultaban extrañamente familiares. Abrió una página al
azar y leyó una frase, palabra por palabra:
“Durante el día Daniel anotaba cifras que no le
pertenecían…”
Alzó la mirada. Ella observaba por la ventana, como si no
hubiera escuchado palabra alguna. El reflejo del vidrio devolvía dos rostros
superpuestos: el de Daniel K. y el de su profesora, fundidos por el agua que
resbalaba lentamente por el cristal.
—¿Quién escribió esto? —preguntó él al fin.
Ella sonreía
sin apartar la vista de la lluvia.
—Tú, hace ya
mucho tiempo. O tal vez alguien que te soñó primero.
*
Daniel
K. salió del café sin mirar atrás.
La lluvia había cesado, pero el aire seguía ebrio de palabras. Cruzó la
calle con el libro apretado contra el pecho, temeroso de abrirlo, como si al
hacerlo él mismo pudiera borrarse.
En la esquina se
detuvo: en la contraportada, una dedicatoria escrita con letra temblorosa.
Decía simplemente:
“Para el Daniel que hoy ha despertado.”
Sintió que el mundo,
por un instante, respiraba con él.
Luego siguió andando,
sin saber si regresaba o partía hacia el comienzo de algo.

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