el escritor es un samurai


lunes, 22 de diciembre de 2025

    Era mediados de Enero y Manolo estaba cambiando de vida. La única diferencia era que esta vez ya no bebía ni fumaba marihuana. Acababa de salir de un centro de rehabilitación y se dirigía a su casa tras seis duros meses de internamiento voluntario. Pero durante ese tiempo su hijo se había largado con una chica y a su mujer se le había metido otro hombre en la cabeza. Cuando llegó, abrió la puerta y Susan le recibió con un cálido abrazo. Después de la primera emoción, salió a recoger leña a las afueras de la ciudad. Luego se puso a preparar el fuego mientras Susan hacía chocolate, estaba feliz a pesar de la ausencia del hijo. El primer tronco comenzó a prender cuando llamaron a la puerta. Pasaron unos minutos y se acomodaron juntos cerca del fuego, Manolo se frotaba las manos mientras ella le iba contando todo lo sucedido en aquellos meses. Era previsible lo de su hijo. Luego le contó lo de Roberto, que tenía que abandonar aquella casa, que había una orden de alejamiento y que le quería. Aquella noche estuvieron conversando hasta bien entrada la madrugada, hicieron el amor en el sofá, luego se quedaron dormidos hipnotizados por el resplandor de las últimas brasas.

    Se levantó de la mesa y pagó las tres cervezas que acababa de engullir, recogió su mochila, compró un cartón de Ducados y se dirigió hacia la terminal 4. En el vagón estuvo echándole un vistazo a los anuncios del periódico, había uno de un tal Eduardo que alquilaba una habitación por un módico precio en su propio apartamento, llamó sin pensarlo. Luego se reclinó el asiento y soñó con plantas de marihuana. El tren llegó a su destino, era una pequeña ciudad desconocida llamada Eforia, al sureste de la península. Revisó la dirección del apartamento, andó como un kilómetro y llamó a la puerta. "Hola, venía por la habitación." Entraron en casa, el tal Eduardo tenía una acusada cicatriz en el ojo derecho que hacía que éste parpadeara con frecuencia. La casa era pequeña, el salón estaba bien amueblado con una tele vieja y una encimera plegable que servía de mesa para las comidas, una mujer entrada en carnes le iba explicando todo sobre la casa y algunas pequeñas costumbres de los horarios que mantenían tanto ella como Eduardo, se llamaba Bea. "Esta es nuestra habitación y aquí al lado está el cuarto que hemos decidido alquilarte, es la primera vez que lo hacemos, necesitamos algo de dinero extra."

    La pareja se alejó dejando que Manolo se acomodara en aquel recinto, tiró la mochila al suelo y se sentó en un borde de la cama. Comprobó que las sábanas olían bien, en frente tenía un armario con el que se las podía apañar, sacó algunos chismes de su bolsillo y los dejó caer sobre la mesilla que había a su derecha. Luego se echó un rato, contemplaba el techo tranquilamente, pensaba en su vida de ahora y en lo que vendría después, en el techo se dibujaban los reflejos ocres del anochecer, dobló el cuello y observó que había una pequeña ventana que daba a la ciudad, las altas chimeneas de las fábricas extendían su vómito de humo por todo el cielo, Manolo sacó una especie de diario y escribió: 20:30, ventana diminuta, vida en gris no tardará en volverse noche.



De un inicio de relato que nunca continuó, año 2005 o 2006.

El reflejo de Daniel K.

               UNO

    Durante el día Daniel anotaba cifras que no le pertenecían. Listados de facturas, filas y columnas de amortizaciones interminables, balances contables, cálculos de intereses, la lógica de un orden que parecía sostener su mundo. Pero al caer la noche algo se abría en el silencio, las sombras del escritorio se curvaban, como si esperaran una revelación.

Escribía sin saber de dónde procedían las palabras. A veces, tecleando, en mitad de una frase, sentía una respiración sobre su espalda, un roce casi imperceptible. El reloj del pasillo marcaba horas inexistentes, y las letras, mientras tanto, se agrupaban dando forma a personajes que jamás había concebido.

Una noche creyó oír un golpe dentro del espejo. Se acercó y en lugar de su reflejo vio un resplandor débil, una especie de niebla que parecía imitarlo. «No escribas más», dijo la voz, pero él continuó. Ahora escribía a mano y la tinta parecía moverse de forma autónoma por las páginas, como si algo, desde el otro lado, completara las frases por él.

Al amanecer encontró el cuaderno abierto sobre el escritorio. En la última página había una sola línea, escrita con su propia letra y con otra que no era suya:

“He empezado a soñarte desde aquí.”

 

               DOS

     Al día siguiente Daniel no pudo concentrarse en las cifras, cada número parecía temblar internamente, como si respirara. En la oficina el aire era espeso, y zumbaba de forma agobiante sin que nadie más se percatase. Por momentos creía distinguir alguna palabra en ese sonido asfixiante: su propio nombre, susurrado desde un lugar sin apenas distancia.

     Esa noche volvió a escribir, pero las palabras ya no obedecían. Se movían en el papel como insectos mojados, componiendo frases que no recordaba haber pensado. Intentó leerlas en voz alta pero su voz sonó extraña, como si viniera de un pasillo que no estaba en su casa.

     Cuando alzó la vista, vio que el espejo del escritorio estaba empañado, y en la superficie alguien había trazado una palabra con un dedo invisible: “Sube.”

 

TRES

Durante las semanas siguientes Daniel empezó a salir más de la oficina. Llevaba siempre un libro distinto bajo el brazo, como si cada uno de ellos fuera un talismán contra su propia vida. Leía en los cafés, en el metro, en los bancos de las plazas. Decía que estaba preparando un experimento: vivir como un personaje de literatura, desconocía de qué autor.

A veces, mientras tomaba un café solo en el Le Balto o en un bar de la Rue du Bac, imaginaba que Vila-Matas estaba en la mesa de al lado, anotando observaciones sobre él. O que Walser paseaba con su abrigo largo, murmurando muy cerca frases que se deshacían en el aire. Había empezado a leer Bartleby y compañía, y se reconocía demasiado en aquella lista de escritores que habían dejado de escribir. Le fascinaban los perdedores ánonimos que ni siquiera conocían el fracaso, lo que suponía un fracaso doble por no haberlo si quiera intentado, “pero al menos no sufrían el drama de la derrota” se decía. Del mismo modo sentía predilección por poetas secretos y libros prácticamente desconocidos.

Una tarde creyó ver su propio nombre en el margen de una página, escrito a lápiz:

“Daniel K.”

Lo leyó varias veces, sin entender. No era su ejemplar, observó que llevaba otras marcas. El libro lo había tomado prestado de una librería de viejo, y el dueño, un hombre con barba blanca y acento napolitano, le había asegurado que ese libro había elegido al fin a su verdadero lector. Cómo olvidarlo, por un momento dudó de si seguía en París, no solo por el acento de aquel librero, sino también por el convencimiento con que le contó que en esa misma ciudad estaba enterrado el poeta Ezra Pound. Al escuchar eso, Daniel, sin saber por qué, se acordó de Venecia, la ciudad que más le había decepcionado en la vida, le traía demasiados recuerdos de su exmujer.

Desde entonces empezó a notar que las frases lo perseguían. Entraban en el vagón del metro con él, se reflejaban en los cristales de los autobuses, lo miraban desde los escaparates. Una frase en particular se repetía en los lugares más inesperados:    

“Sube, Daniel K., es más arriba.”

Aparecía en los márgenes de los periódicos, en los tiques de las cafeterías, en las notas del trabajo. Y cada vez que la veía sentía el mismo temblor que aquella noche frente al espejo.


 CUATRO

La vio una tarde al salir de una librería de viejo en la Rue Monsieur-le-Prince. El cielo tenía ese tono de papel envejecido que precede a la lluvia, y Daniel K., cargado con libros que no recordaba haber comprado, se detuvo al verla cruzar la calle con paso ligero, una bufanda azul deshilachada al cuello.

Tardó unos segundos en reconocerla, debía ser ella. No, no era la Maga, y tampoco su exmujer, parecía más bien la profesora de literatura. Daniel K. recordó que con apenas dieciséis años estudiaba en Barcelona. Vivían con su tía Nieves, que al enviudar del arquitecto Ricardo Miralles acogió a toda la familia procedente de Moclinejo. De aquel colegio recuerda a compañeros como Carlos Barral, obsesionado con ser pintor, el hoy reconocido poeta Jaime Ferrater, los hermanos Goyo, José Juan y Agustín, y tantos otros. La mujer que le había prestado La metamorfosis de Kafka cuando él únicamente soñaba con ser escritor y no contable.

No podía ser ella —hacía más de quince años—, pero el gesto, la voz, incluso la manera de sostener un libro abierto mientras caminaba eran idénticos. Entró en el pequeño café Saint-Hubert, y él, sin pensarlo, la siguió.

La encontró sentada junto a la ventana, hojeando un cuaderno de tapas negras. Cuando levantó la vista, sonrió con una calma que lo desarmó.

—Sabía que ibas a venir —dijo.

Daniel intentó responder, pero ella continuó con naturalidad, como si hubiesen quedado allí de antemano.

—Siempre supe que terminarías escribiendo, aunque escogieras las finanzas. Al final todos volvemos al punto de partida.

El silencio se llenó del sonido tenue de la lluvia. Sobre la mesa había un libro delgado, sin título, con su nombre en la portada:

“El reflejo de Daniel K.”

Lo tocó con cuidado. La tipografía, la textura, incluso el diseño de la portada le resultaban extrañamente familiares. Abrió una página al azar y leyó una frase, palabra por palabra:

“Durante el día Daniel anotaba cifras que no le pertenecían…”

Alzó la mirada. Ella observaba por la ventana, como si no hubiera escuchado palabra alguna. El reflejo del vidrio devolvía dos rostros superpuestos: el de Daniel K. y el de su profesora, fundidos por el agua que resbalaba lentamente por el cristal.

—¿Quién escribió esto? —preguntó él al fin.

Ella sonreía sin apartar la vista de la lluvia.

—Tú, hace ya mucho tiempo. O tal vez alguien que te soñó primero.


*

            Daniel K. salió del café sin mirar atrás.

La lluvia había cesado, pero el aire seguía ebrio de palabras. Cruzó la calle con el libro apretado contra el pecho, temeroso de abrirlo, como si al hacerlo él mismo pudiera borrarse.

En la esquina se detuvo: en la contraportada, una dedicatoria escrita con letra temblorosa.

Decía simplemente:

“Para el Daniel que hoy ha despertado.”

Sintió que el mundo, por un instante, respiraba con él. 

Luego siguió andando, sin saber si regresaba o partía hacia el comienzo de algo.

 

lunes, 9 de marzo de 2015


Creo que nací en mil novecientos ochenta y uno. Quizás he pasado todos estos años aprendiendo cosas sinsentido aparente y sinsaber quién soy. Sentado en el suelo, en Nebraska, junto a músicos militantes de una corriente psicodélica encontré el sentido de los días impares en el tercer año del nuevo milenio. Antes de acabar mi período de escolarización obligatoria habitaba una región de sueños por venir y promesas vanas: descubrí que la realidad era un vacío subyacente en la perfección ideal de los conceptos sin vida: una jornada laboral convencional bastó para mostrarme el caótico tapiz donde los resultados dan el valor final y el punto sinsentido hacia otra etapa. Busqué en los márgenes del agua, quería salir de ese vacío que engulle el tiempo libre de los oficinistas. A principios de los noventa casi me ahogo en el Mediterráneo, escucho con atención la letra de una canción en otro idioma de aquel tiempo. Entonces sólo conocía el lenguaje de los niños que van en uniforme con mochilas cargadas de libros de texto, aprendía las operaciones matemáticas más básicas y ponía atención a los dictados para no cometer ninguna falta. Probablemente, casi sin darme cuenta, he pasado la mitad de mi vida aprendiendo cosas sinsentido aparente y sinsaber quién soy. No digo que ese tipo de cosas no tuviesen realidad, desarrollaban aptitudes esenciales para desenvolverse mejor en la realidad del barrio y de la calle. Busco el sentido de los días pares en la esencia atemporal de ejercicios ficcionales.


jueves, 10 de enero de 2013



           
            Roland hace la colada mientras Sia, tumbada en el sofá rojo, se pinta las uñas de los pies. Ella es una chica habituada a los disfraces que no duda en cambiar de ojos acompasando el movimiento imperceptible de la tierra. Roland tan solo percibe el centrifugado de una lavadora porque es incapaz de comprender el sentido rotatorio de sus días. A veces, cuando el ruido del televisor se apaga, las paredes del apartamento escuchan boquiabiertas frases breves que les hacen sentir acompañadas, el grito de la puerta al cerrarse o el silencio de una mujer abandonada. Es triste la belleza cultivada que no encuentra un canto a su medida, se parece a la melancolía de ciertos animales al caer la tarde. Lejos de este barrio, en un bar que no conocía por entonces, me topé con aquel animal herido. La inconsciencia estaba dibujada en su rostro como la bondad absurda de alguien que se empeña en seguir siempre un camino equivocado para la tediosa objetividad de nuestro tiempo, había algo de suicida en su descalabrada naturalidad, la mirada hambrienta sobre el trasero de mi mujer y aquella forma impulsiva de beber lo delataban.

Fue en la plaza de Oriente donde lo volví a encontrar un mediodía, sentado al sol y con el cartel de “aquí se dona gratis un perro abandonado” estampado en los ojos. Carmen me había dicho que tenía que ir al pueblo a visitar a sus padres, mi dependencia de ella era tal que cuando no estaba tenía que salir de casa y caminar para apagar el dardo de mi propia mente. “Ella no sería capaz de eso.” me repetía. Agotado por los pensamientos y la caminata me detuve para escuchar un Ave María que brotaba de la calle, la gorda que entonaba mi catarsis estaba acompañada por unos virtuosos del violín, músicos anónimos al servicio de una pasión elevada, me detuve en este oasis cerca de una hora, el coito era un mero acto de necesidad animal comparado con el placer que aquella voz le infundía a mis sentidos, la música, caía en la cuenta de que eso es lo que hubiera llenado de verdad mi vida, con los ojos cerrados me parecía estar escuchando a la mismísima María Callas y alguna lágrima se escapaba contra mi voluntad. Reanudé la marcha canturreando un tango que me habían traído a la memoria y al llegar a la plaza además de músico ya era también argentino, estas cosas solían sucederme cuando ella se iba, me costaba distinguir la soledad del abandono, no sabía pisar tierra firme.

El músico argentino sentado en el jardín ya no canturrea en voz baja, a pleno pulmón y sin acompañantes se le escapa en dolby sorround urbano “… si ella me olvida, que importa perderse mil veces la vida, para qué vivir” Al rato me siento nervioso, encuentro un hueco donde sentarme y rebusco el tabaco, la música de mi vida vuelve a su gris cotidiano, alguien a mi izquierda me ofrece fuego. “ No se ponga así hombre, si ni siquiera le hemos oído” Es el mismo animal herido de aquel bar quien se dirige a mí y empieza a hablarme de Francia porque sí, “porque esos niñatos no tienen ningún derecho a quemar los coches de la gente, cómo se puede comprender una protesta así, no tiene ningún fundamento que unos mocosos que nunca han cotizado se preocupen ya por su jubilación, es como si usted de repente protestara porque no le dejan casarse con una mujer musulmana” Le digo que ya estoy casado, pero Roland no duda en desahogarse “sé que está casado, y su mujer se conserva muy bien para rondar los cincuenta”  

Se despidió de mí con total indiferencia, volví a casa y como Carmen no había llegado todavía me puse nervioso. Encendí la tele y agarré el periódico, estuve leyendo mi horóscopo Salud Tiene la líbido por los aires Trabajo Recibirá una oferta que no podrá rechazar Amor Mucho cuidado con las infidelidades, luego mi vista se clavó en algunos anuncios  Mujer casada aburrida… Cuarentona cansada de su marido…  Era obvio que me la estaba pegando, me llamó la atención el siguiente anuncio, leí poesía carnal, atrévase a hacer sus sueños realidad y olvídese de sus preocupaciones, anoté el número y atacado por la rabia llamé sin pensarlo, tendría que haber sido músico, sonó la voz de un hombre que  me resultaba familiar, estuve a punto de colgar “enseguida te paso con ella”

La puerta de la entrada estaba abierta, arriba me recibió Roland “¿tú? ¿qué haces aquí?” “Pasa, se está duchando” “Quién” “Sía, por eso llamaste” la chica del anuncio salía de la ducha, tenía el pelo teñido de rojo y los ojos color violeta, me impactó tanto como la primera vez que gocé del cuerpo desnudo de Carmen en nuestra lejana luna de miel, me acordé de ella y salí corriendo del apartamento ante la irónica mirada de ese maldito gabacho.



Enero, 2011

sábado, 18 de diciembre de 2010

Derrame


Tiemblan hojas de otoño sobre una alfombra de sueño indeleble, aceras pisoteadas por un azar que se burla de ti. Y ya es invierno.

Dios que no existe y sin embargo absurdo anhelas desde este mal inevitable, mágica raíz de caballito volador perdido entre nubes. Bajando, girando la calle: mujeres que venden su cuerpo hasta las diez de la mañana, mendigos abrazados al frío en un rincón sin nombre, portal de hielo que algunas botas atraviesan con inquina, risas de niñatos modernos que no ven más allá de sus plazas botellón, policía – se ruega silencio – .

Gracias por el guiñofresapuñalasombroestigmanada de mil novecientos noventa y algo, por la no tú devorasueños de un chaval que sólo sabía de fútbol en la calle sucia, mil pesetas con abuelo los Domingos, aislado sol de huerta entre semana, silencio de cebolla y ajo, olor a tierra deseable con la lluvia, bicicleta nómada y zapatillas de deporte en el escaparate nunca, cintas tdk que hoy sangran cromo en algún lugar desconocido.

Sigue hoy. Mantas de carmín para el absurdo sin tregua de esta pisada amable y silenciosa. Sabe a ti este perfume Eusebia que nos llevará otra vez a debatirnos en el frágil ronroneo de metal y fuego, el orgasmo que a la mañana no quiere darte nube es un encontronazo más contra este cartel que siempre reza “ocupado”.

(Canto porque hay una promesa que me roe el estómago con su letra opaca, canto cuando tengo sueño porque quisiera asombrarme otra vez en tu presencia que nada tendrá que ver ya con la de hoy, canto porque me sale de los ovarios tuyos y hay una certeza destino que se apaga si no grito tu nombre mariposa, impulso ciego que me arrastra a continuar la senda sin retorno del samurai que teclea. - fragmento desechable - )

No hallarás esa luz esquiva con su nombre, ni siquiera un iris similar más allá del océano llamado cuento o partitura. Susurra, intenta crear habitación, puerta, llave y cerradura, basta de leer en los posos del café. Escribe toda la goma dos que dentro te urge a escupir relojes.

Ahora imitas y lees obscenidades en un tablón de donde cuelga esa verdad que duele. Mueres como un paria desolado por alcanzar el punto exacto de su piel rallada, caminata que trepa entre cristal de vasos y besos extraviados en el humo de una cuerda floja, sutura. Quisieras emprender la marcha de un encuentro enmarañado entre serpientes sin maldad. Hay una sombra en todo esto y lo sabes. Quimera que golpea el rostro del agua, deseo que te observa desde el ángulo convexo de un espejo mutilado. Se muerde su tinta roja el corazón que bombea como un néctar derramado a chorros de nostalgia.

Quisieras creer en algo antes de abrir los ojos a este traqueteo que a su antojo procrea máscaras y sueños. Miente con fidelidad y estilo, después olvida. No tomes en serio el inicio de una oración principal. Casi todos los cuentos que recuerdas se asomaron por la puerta de atrás, te desbancaron las ideas y escaparon después por la entrada que habías tenido en la memoria.

No basta con retener en la imaginación un punto. Hay que lanzarse sin paracaídas desde el hielo de una despedida, desde el destino del viaje sin brújula, desde el cadáver que busca a su asesino en mitad de la niebla.

Nuevas estaciones deshilarán hasta un comienzo innominado de la historia que sólo conoce nadie.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Afeitarse todos los días puede ser un pecado terrible


Hace un día demasiado otoñal, el viento golpea las ventanas y chilla entre esas rendijas de las puertas correderas. Después de fabricar una canción acorde con el clima y el paisaje e intentar una letra simple en cualquier otro idioma que logre en parte hacerme olvidar, desahogarme en la nieve, agarro el libro de Hölderlin y me voy al parque de los Lobos donde el espacio de esta incomprensión latente cambia al menos de matiz. Ya sé qué te preguntas, no hace falta que lo digas, de sobra sé que nada de esto sirve para nada. Tampoco importa demasiado, sé que alguien me acompaña tras el cristal de su locura dócil o tras unas gafas carnosas que saben a carmín. Tal vez real esa neurosis de diamante o quizás también literaria sobre la flor del tiempo, ejemplos nos sobran en este país. De gira por psiquiátricos - vaya vidorria la tuya dios Pan - o “mordido por un tren hambriento“ podría seguir enumerando estatuas de este parque con su visión hecha palabra, desembocando realidad, aseverada contra todo movimiento mezquino… pero resulta triste, malditismo cultivado lo llaman los amantes de los ismos, esclavos de su tiempo y de una publicidad que induce a este vacío cómplice. Afeitarse todos los días puede ser un pecado terrible, así que no dudo en dejarme crecer la barba. Gracias Pedro, se nota que indagaste en Sören al que ahora pintan con joroba sin leerlo. Un libro como este del eremita en Grecia o aquel que tiembla en la mesa de madera con una tentación de muerte - no cualquier libro - es suficiente para afirmarse en la vida con cierta garantía de carácter único. Lo humano que pervive como una piedra rara en letra impresa, dentro ya del insalvable margen de los bancos sin almohada que estáticos adornan un desolado paisaje, instaurado en el casino global de este mercado sin memoria que la inmensa mayoría acepta sin más como mundo.


sábado, 9 de octubre de 2010

UNO


Alrededor de este despeñadero no se oye ningún rumor de automóvil por la noche, estoy tan solo que el río atraviesa este cuarto de pintura y piedra, reflejos de unos días en los que aprendo a mirar la vida desde otros ángulos, no sin el temor de los primeros pasos, sin esta inseguridad que ya forma parte de mí. Sara dice que apostar por el arte es tan duro como ser el último habitante de la tierra, que nuestros sueños se regeneran a golpe de azar y que hay que ser valiente para lanzarse de cabeza con un mapa vacío como el que nosotros elegimos, la intuición es el motor de su vida desde que abandonó Brasil. Yo me defiendo con ridículas razones esenciales en mi tragedia cotidiana, en la mochila no llevo colores y tengo la desventaja de seguir en este país de cainitas, la sensación de no avanzar, de seguir hundiéndome en el lodo, dibujo una sonrisa con la íntima desgracia de quien sabe de lo que habla sin que nadie más sea capaz de comprenderlo, ella sabe escuchar, pero antes de salir de la pieza añade que todo eso debería verlo como algo ventajoso, irritado me encojo despidiéndome con la mirada, me siento tan lejos del mundo que apenas puedo dormir en mi primera noche aquí.


A media mañana hemos estado recorriendo parte de la zona, el pueblo está lleno de calles empinadas cuyos desniveles hacen bastante penosa la tarea del caminante, Pietro habla de las colinas que ha dejado en Turín mientras acaba su cigarro, dice que ha sabido plasmar las suaves curvaturas del destino en su primera exposición “senos del Belbo”, y se le ve satisfecho

- Nada que ver con estas cuestas del demonio – dice con su particular acento

Después hemos bajado al río y hemos contemplado en silencio las señales de la naturaleza. Ellos sacíándose en colores nuevos, texturas del paisaje, luces y sombras del atardecer. Yo anotando soplos fugaces, diálogos en el aire, personajes flotando todavía en la niebla.